Estrella de papel

No recuerdo nada más de aquel día de verano. A media mañana advertí que la bolsa que contenía el papel y el cartón para reciclar había estallado por sus costuras, aunque no era de tela. Supongo que no tenía nada mejor que hacer y me dirigí en coche a deshacerme de ellos. Y a concederles una nueva vida, claro.

Yo no pensaba en nada mientras la boca azul engullía los pensamientos, las tribulaciones, el conocimiento y las mentiras de otros, por qué no decirlo. No era consciente de que aquello que lanzaba indiferente eran pequeños trozos, porciones diminutas de lo que nos hace humanos.

Mi brazo derecho ejecutaba con ritmo dos movimientos: uno en dirección a la bolsa -que sostenía mi mano izquierda- para agarrar los papeles, y otro, para soltarlos en el interior de la oscura abertura. Repetí la operación tres o cuatro veces. Al retirar la mano después del último movimiento una hoja se quedó prendida a mis dedos. Era un texto de Manuel Vicent, Estrella, que recordé haber leído con emoción varias veces.

No vi en ello ninguna señal del destino -aunque una vez viajé a una isla después de ver su contorno dibujado en el cielo-, pero supe que iba a conservar esa estrella de papel hasta la noche en que se desintegrara.

Ensimismado, volví al coche pensando en que hay cosas que solo tú sabes por qué pasan; que solo tú puedes entender aunque no haya nada que entender y que no deberías contárselas a nadie. Dejé la hoja de papel en el asiento del copiloto, arranqué y salí del descampado.

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