México y las almas errantes

Lawrence Durrell decía que una ciudad se convierte en un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes. Es difícil no sentir algo especial por Ciudad de México después de sumergirse en Los detectives salvajes de Roberto Belaño. O, cuando menos, sentir el deseo angustioso de deambular junto a Arturo Belano y Ulises Lima por la calle República de Venezuela, o Insurgentes, o salir sin rumbo de madrugada del café Quito a la calle Bucareli después de no haber dejado claro, una vez más, qué es eso del realismo visceral y quiénes son los desarraigados que de verdad transitan por esa poesía marginal. Uno de esa pandilla es Juan García Madero, que en la primera parte del libro, mientras los enigmas Belano y Lima aparecen y desaparecen del DF, conoce a los realvisceralistas, lee y escribe poemas de una manera frenética; y enferma por la fiebre adolescente del sexo.

Sobre la prosa acelerada de Bolaño, que puntúa solo la mente del lector, flota el espíritu de Césarea Tinajero, madre mítica de los realvisceralistas desaparecida en el desierto de Sonora, en cuya búsqueda, perseguidos por unos matones, van a lanzarse los tres poetas y una amiga prostituta en la tercera parte del relato.

En los veinte años que abarca la parte central de la novela, los que van de 1976 a 1996, Belano y Lima aparecen en el recuerdo de diversos personajes que se cruzan con ellos en alguna parte del mundo, después de que el sueño de cambiar la poesía latinoamericana acabara de manera trágica en el maletero de un Ford Impala.

 

La obra de Bolaño regala pasajes inolvidables, como el de Auxilio Lacouture desde los baños de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en México DF, cuando en el 68 el ejército y los granaderos la sorprendieron leyendo poesía en el váter. O aquellos en los que se prepara y se escenifica el duelo a espada entre Belano y un crítico literario en una cala de Sant Pol de Mar, Barcelona.

Pueblan la novela personajes como Amadeo Salvatierra, que aparece como un padre benefactor y melancólico entusiasta que pone a los muchachos en la pista de Cesárea Tinajero desvelando partes de su vida; y Joaquín Font, dueño del Impala con el que escapan al desierto los poetas y que acaba recluido en una clínica psiquiátrica. La mayoría de ellos presos de fantasmas que ornan “su inmensa libertad. Su inmenso desamparo”.

La narración de Los detectives salvajes te atrapa con la imparable sucesión de diálogos interiores, pensamientos, recuerdos, conversaciones pasadas y presentes, anotaciones y flujo de conciencia. El placer indolente de la lectura te desliza liviano entre frases hasta que, de improviso, un golpe poético maestro te sacude. Y entonces quedas herido y una suave alegría te sube a los ojos. O te baja, según de dónde provenga la alegría.

En la revista mexicana Nexos, hartos de que se recomiende El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, a cualquier extranjero interesado en el país, apuestan por Los detectives salvajes “para entender las calles, la gente, la estructura social, o la manera de soñar en esas latitudes”. No es necesario fantasear con un viaje a México para leer la novela de Bolaño, hace falta leerla porque esta obra universal deleita y conmueve con su belleza poética y su inmensa creatividad en el lenguaje. Y porque nos hace vivir aventuras inesperadas junto a jóvenes inflexibles, “cultivadores tenaces del fracaso”.

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