Un cambio de marcha

La mañana en Madrid es fría y el viento sacude las banderas. Las columnas de manifestantes avanzan por el paseo del Prado, la calle Alcalá y el paseo de Recoletos. Las botas clavan el segundero del reloj de la Puerta del Sol: tic, tac, tic, tac. Al llegar a Cibeles detienen su marcha. Los grupos, con sus colores y reivindicaciones propios, se entremezclan pero mantienen su espacio e identidad. Una larga hilera de autobuses estacionados en la calle de Alfonso XII presagia el éxito de la convocatoria. Podemos, un partido con un año de vida, había convocado al país para el 31 de enero de 2015 a la “Marcha del cambio”.

Las organizaciones locales de la formación -los “círculos” de las diferentes ciudades- llevaban semanas preparando la cita. Según los datos de la organización, más de 260 autobuses han viajado hasta Madrid, financiados por los simpatizantes de Podemos y a través de crowdfunding. Muchos de ellos han llegado a la capital compartiendo el viaje en coche, o en trenes, cuyas estaciones se han convertido en puntos de encuentro para ir engrosando el tamaño de los grupos. Según la organización, 300 mil manifestantes han acudido a la convocatoria de Podemos; la policía ha dejado la cifra de asistentes en 100 mil.

El final del recorrido se sitúa en la Puerta del Sol, donde casi cuatro años antes empezó todo. Una marca, un colectivo, una fecha, como si fuera una conciencia colectiva llamada 15M les ha llevado hasta aquí. Durante la marcha se corean esos lemas heredados que, con humor y poesía, siguen mostrando la indignación de la gente después de años de malestar y sufrimiento. Uno de ellos se activa de manera automática: el “¡Sí, se puede!” estalla en cualquier momento. Gentes de diferentes lugares de España, diversidad de perfiles, cada uno con “su razón”: Delphi, preferentes, Sáhara libre, las mareas de colores; y en el aire banderas republicanas, vascas, griegas e incluso una independentista catalana en Sol. Los sueños y deseos de cambio de cada uno arropados por los sueños y deseos de los demás. Incluso de los que lo daban todo por perdido, como los trabajadores mayores de 50 años y varios años en paro después del pinchazo de la burbuja inmobiliaria.

Demostración de fuerza y civismo

Podemos necesitaba enardecer los ánimos de nuevo. Las recientes sospechas sobre algunos de sus dirigentes como Monedero, Errejón y el propio Iglesias han provocado las dudas de sus simpatizantes en relación al discurso y la integridad moral de los miembros más destacados del partido. Lo del 31 de enero es una demostración de fuerza de la organización, una manera de reafirmarse y tantear los apoyos que sigue teniendo. Y la rampa de salida a un año cargado de citas electorales: la primera de ellas, las elecciones andaluzas del 22 de marzo.

Familias con niños, personas mayores o en sillas de ruedas se ven a lo largo del recorrido. No ocurre lo mismo con los extranjeros o nacionalizados españoles. Solo un pequeño grupo de latinoamericanos, delante de la Casa de América, se deja notar con sus cánticos y banderas nacionales. Aunque se ve gente de todas las edades, los más jóvenes -aun sin ser mayoría- le dan el tono más festivo al encuentro. Unos de Torrejón de Ardoz -con bota de vino, jamón y chorizo- en la calle Carretas, proclaman entre risas: “Sí, se podemos”. A continuación, apostillan con sorna: “Es que somos del Círculo Gitano”. Los gritos de apoyo más conocidos se escuchan de manera regular, aunque casi siempre arrancan de las primeras filas de la manifestación. El lema de la cabecera sentencia: «Es ahora». No va acompañado del logo de Podemos. Ningún portavoz del partido marcha en la cabecera, sino que lo hacen unas filas más atrás. Un guiño más del partido a la gente que, como hacen referencia en sus mensajes, debe ser la protagonista del cambio. Un cambio desde abajo.

Los que parecen tener menos éxito son los vendedores de la revista marxista El Manifestante. Se sitúan en sentido contrario a la marcha mostrando en alto la publicación y eso, por lo que se ve, ha resultado ser un error táctico. El merchandising del partido tiene mejor salida. Algunos puestos en la calle Alcalá venden chapas, pegatinas y banderas de Podemos aunque la mayoría de complementos se traen de casa. En un día como estos pocas cosas se dejan al azar.

En torno a 400 agentes antidisturbios de la Policía Nacional participan en el despliegue con motivo de la manifestación, aunque se ha desarrollado sin ningún tipo de incidentes. Es de destacar el comportamiento cívico de los manifestantes en todo momento. La circulación de la calle Alcalá se mantiene en un doble sentido: la calzada de subida, en dirección a Sol, es el camino reservado para el grueso de los manifestantes; las aceras de bajada de ambos lados se destinan a los viandantes que circulan en sentido contrario, ajenos al acontecimiento. Incluso en la Puerta del Sol se despejan en varias direcciones estrechos pasillos para las personas que, por agobio o por hambre, quieren escapar de entre el gentío.

Arengas y eslóganes en el escenario

En el escenario intervienen Alegre, Monedero, Bescansa, Errejón y, al final, Iglesias. Cuando el líder de Podemos entra en la Puerta del Sol la euforia se desata con gritos de “¡Presidente, presidente!”. Se suceden las frases, los eslóganes y las soflamas repetidas desde hace meses en todas sus intervenciones. “Hoy decimos a esa casta que insulta y miente: la libertad y la igualdad triunfarán”. No importa. Es lo que se espera en un acto de este tipo. Los mensajes de Podemos han calado. Son vagos y llenos de generalizaciones pero la gente los ha hecho suyos y los repite como un mantra en sus conversaciones. No obstante, se escuchan pocos gritos y coros de protesta. No hay grandes ovaciones en la Puerta del Sol; la gente escucha. Algunos miran con desconfianza a su alrededor, tal vez piensan en algún infiltrado de la secreta. Dos jóvenes se adentran con prisa en la plaza. Se van haciendo sitio para adelantar posiciones. Mientras pasan comentan: “¿Te acuerdas del 15M, cuando llegamos de los primeros a la plaza y empezó a llenarse de gente? Mira esto ahora”.

Después de la última arenga de Pablo Iglesias se produce la desbandada de la mayoría de asistentes. “Madrid, Europa, 31 de enero de 2015: podemos soñar, podemos vencer”, son sus últimas palabras antes de abrazarse a sus compañeros. Alrededor de la plaza pueden verse pancartas de “Sí, podemos” en el suelo. Algunas de ellas clavadas en contenedores de escombros. Usar y tirar, puro capitalismo consumista.

En todo el recorrido de la marcha se han visto indigentes y pedigüeños con el platillo vacío. Incluso uno tirado en la acera, al parecer, dormido. Ninguno nos hemos acercado a él. Claro que es posible un cambio en este país; de hecho, nada va a ser igual desde la irrupción del 15M y la aparición de Podemos. Pero hay cosas que no cambiarán jamás.

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